Descubriendo el genio masculino de San José

El término genio femenino proviene del Papa Juan Pablo II en la Carta Apostólica Mulieris Dignitatem: Sobre la dignidad y vocación de la mujer (15 de agosto de 1988). En la ocasión del año mariano, fue oportuno que el Papa Juan Pablo II hablara de los dones femeninos a la luz de la Santísima Virgen María, máxima expresión del genio femenino. En caso de que no esté familiarizado con este término, el genio femenino se refiere a los dones que Dios otorga específicamente a la mujer para ayudarla a cumplir su vocación. Estos dones se revelan a través de la teología que revela su cuerpo: recibe la vida, nutre la vida. Estas cualidades de recibir y nutrir influyen no solo su vida física, sino también su vida mental, su vida emocional y, lo más importante, su vida espiritual. Su vocación de esposa y madre no se limita a su hogar sino que se desborda en la sociedad, ya que ella, madre de los vivientes, ayuda a guiar a todos los seres en su peregrinaje hacia la salvación. La mujer está llamada a ser esposa espiritual y madre espiritual. Puede aprender más sobre el genio femenino en mi libro dedicado a este tema (próxima traducción al español en 2021). El objetivo de este artículo es discutir el genio masculino a la luz de San José.

Al entrar en el año de San José (del 8 de diciembre de 2020 al 8 de diciembre de 2021), es apropiado discutir los dones masculinos en vista de la vida de San José. Aunque el término específico genio masculino nunca fue utilizado por el Papa Juan Pablo II, sí discute los dones masculinos a la luz de San José en su Exhortación Apostólica Remdemptoris Custos: Sobre la Figura y la Misión de San José en la Vida de Cristo y de la Iglesia (15 de agosto de 1989). Al celebrar el 150 aniversario de la proclamación de San José como patrón de la iglesia universal, el Papa Francisco ofrece la Carta Apostólica Patris Corde: Con corazón de padre (9 de diciembre de 2020) como guía para vivir el año de San José. A la luz de esto, me gustaría invitar tanto a hombres como a mujeres a entrar en la vida oculta de la Sagrada Familia y caminar ahora con San José para ver cómo él responde a la vocación de Dios con un corazón de padre. Además, le pido al lector, como Dios eligió hacer a la humanidad masculina y femenina, es de igual importancia hacer un esfuerzo por contemplar la complementariedad del genio femenino y el genio masculino tal como lo describen María y José. Sin embargo, es cierto que este artículo se centrará en la perspectiva de San José y su genio masculino.

Comencemos por ofrecer una definición del genio masculino. Podríamos decir que el genio masculino se refiere a los dones que Dios concede específicamente al hombre para ayudarlo a cumplir su vocación. Estos dones se revelan a través de la teología que revela su cuerpo: da vida, fructifica la vida. Estas cualidades de dar y fructificar influeyen no solo su vida física sino también su vida mental, su vida emocional y, lo más importante, su vida espiritual.

Llegamos a conocer al primer hombre, Adán, de manera aislada de Eva, como orientado hacia la tarea. Tiene un gran trabajo. Es el custodio de la creación. Él nombra todo. Su trabajo es mantener el mundo en orden según el Orden Divino. Antes de la creación de Eva, vemos a Adán organizando el mundo y otorgando nombres. Y así, desde el principio, vemos al hombre trabajando. Por muy emocionante que sea su trabajo aventurero de descubrir el mundo externo, comienza a descubrir su mundo interior. En su autodescubrimiento, se da cuenta de que está solo en un mundo lleno de todo excepto de alguien más con quien compartir el trabajo de su vida. Y así, es en relación con Adán que llegamos a conocer a Eva, como orientada hacia la persona.

Antes de que la historia de la salvación alcance su punto culminante en la Encarnación, vemos el desarrollo del genio masculino en las vidas de hombres justos que hacen convenios con Dios en nombre de la humanidad y el mundo creado: Adán, Noé, Abraham, Moisés y David. Vemos al genio masculino en acción cuando los hombres le ofrecen sacrificio a Dios como sacerdote, mientras transmiten el mensaje de Dios como profeta, y mientras gobiernan el Reino de Dios como rey. Esta triple vocación no debe limitarse a los sacerdotes, profetas y reyes históricos de la Biblia. Esta triple vocación debe ser vivida por cada hombre en sus pensamientos, palabras y hechos. Después de todo, el genio masculino solo existe en el hombre particular que encarna las cualidades de sacerdote, profeta y rey. Desentrañemos ahora estas cualidades.

Cuando miramos la vida de los hombres en la Biblia y, específicamente, la vida de San José, vemos cómo sus propias vidas fueron las respuestas a las siguientes preguntas sobre la triple vocación. ¿Qué significa ser sacerdote? Significa que debo ofrecerme por el bien de los demás. ¿Qué significa ser profeta? Significa que debo difundir el mensaje de Dios, de la salvación, la Buena Nueva, la fe, la esperanza y el amor, la paz, la misericordia y el perdón en la forma en que pienso y siento, en la forma en que escucho y hablo, en la forma en que miro, me acerco (hacia una persona o hacia un tema, un lugar, o una cosa) y toco. ¿Qué significa ser rey? Significa, ante todo, ser el gobernante de mi propio reino, mi carne. Porque, ¿cómo puedo gobernar sobre algo o sobre alguien más o incluso considerar la conquista de otras “tierras”, si mi propio reino no está en orden, si mis muros interiores se están derrumbando, si mi propio reino está dividido dentro de sí mismo? De hecho, el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil y por eso hacemos lo que no queremos hacer. Solo puede haber un maestro: ¿la carne o el espíritu? ¿Será su carne guiada por su espíritu haciendo, moldeando y construyendo las estructuras de los mundos interior y exterior? El hombre, para vivir plenamente su genio masculino, debe tener como prioridad domesticar su carne salvaje. De hecho, para que su espíritu masculino sea verdaderamente “salvaje y libre”, el hombre debe tomar en serio esta tarea de domesticar la carne salvaje. Esta triple vocación es igualmente cierta para la mujer, aunque las respuestas a estas preguntas se desarrollarán en la vida de hombres y mujeres de manera masculina o femenina. Además, hombres y mujeres pueden aprender del genio de los demás y recibir inspiración y aliento para responder a la vocación de Dios. Sin embargo, mantendré mi enfoque en el genio masculino, como escribo en otros ensayos sobre el genio femenino.

Volvamos a San José. En San José encontramos la armonización de la justicia y la misericordia, el matrimonio de la razón y el sentimiento, la amistad de la cabeza y el corazón. San José quiere hacer lo correcto por ley (divorciarse de su prometida que está embarazada fuera del matrimonio). Su cabeza y su corazón trabajan al unísono. No se rige por la ira ni la lástima de sí mismo. Está gobernado por la preocupación por honrar la ley objetiva de Dios y proteger a María, a quien quiere (por eso quiere divorciarse de ella en silencio). No está impulsado por el interés propio: no hay orgullo (el anti-sacerdote), vanidad (el anti-profeta) o sensualidad (el anti-rey) en él.

El Papa Juan Pablo II llama a su silencio elocuente (RC 17). Otra palabra para elocuente es articulado. Esto quiere decir que su silencio articula – expresa o indica claramente algo – sobre lo que significa ser hombre, sobre la vocación del hombre, sobre el genio masculino. Este silencio es un silencio de palabras pero no un silencio de acciones. Su vida es una vida oculta. Es un esposo y un padre dedicado a servir a su familia y su comunidad. San José es un hacedor. Y así, los evangelios registran no sus palabras sino sus acciones. La vida oculta de la Sagrada Familia en Nazaret es un prototipo para todas las familias cristianas que desean encarnar tanto el genio femenino como el genio masculino.

San José: Fue un buen esposo. Fue un buen padre. Y punto.

Encarna el genio masculino, porque cumplió con su deber dado por Dios. Es simple. Cumplió su palabra. Hizo su trabajo. Era un hombre honesto. Y, en un mundo donde la responsabilidad y el compromiso son difíciles de encontrar, honramos a San José como un hombre que respondió fielmente al llamado de Dios. Asumió la responsabilidad y se mantuvo comprometido a hacer su trabajo hasta que tomó su último aliento.

La escuela de la santidad no se encuentra en ningún otro lugar que en el corazónes de hombres y mujeres que responden fielmente al deber del momento. La santidad se nutre de la vida oculta de nuestros pensamientos y de nuestros sentimientos que sembramos y luego cosechamos como palabras y hechos. San José vió a Cristo ante él dondequiera que estuviera y con quien estuviera. Para cosechar virtud, debemos sembrar virtud. Y esto comienza viendo a Cristo ante nosotros incesantemente en el mundo visible de nuestras palabras y acciones y en el mundo invisible de nuestros pensamientos y sentimientos.

El llamado a la santidad es el mismo que el llamado a la totalidad. Vemos en San José que su santidad estaba totalmente ligada a que él respondiera a sus deberes como esposo, padre y trabajador. San José estaba comprometido con el Camino, la Verdad y la Vida. Por lo tanto, cuando el Arcángel Gabriel le reveló que María había concebido milagrosamente, San José reconoció que estaba equivocado y cambió de rumbo con firmeza. Dios era absolutamente real para él. Dios estuvo presente ante todos sus pensamientos, palabras y hechos. Y así, se esforzó siempre por usar su carne al servicio de su espíritu: usar su mente para tener pensamientos honestos, usar su boca para hablar palabras honestas, usar sus manos para hacer un trabajo honesto. Además, San José solo usaba sus pies para caminar hacia los lugares donde pertenecían, donde tenía un trabajo que hacer. ¿A cuántos lugares a los que no pertenecemos caminamos en nuestros pensamientos, sentimientos, palabras y hechos a diario? Pureza. Pureza. Pureza. Siempre sostenga un lirio como San José donde sea que esté y con quien esté, especialmente cuando usted mismo es su único compañero.

San José era el guardián no solo de María y Jesús, sino también de su propio templo. Por eso el Papa Juan Pablo II dice: “Hay que llegar a comprender [la vida de San José], porque contiene uno de los testimonios más importantes sobre el hombre y su vocación [como esposo y padre]” (RC 17). Si se puede decir que Jesús y María deshacen los pecados de Adán y Eva, entonces podría atreverme a decir que José deshace el pecado de Caín. San José nos exhorta a responder a las necesidades de los demás como verdadero sacerdote, profeta y rey, porque somos el guardián de nuestro hermano. (¿Podría ser que María hubiera sido apedreada si José no hubiera intervenido? Dejo eso a la especulación). Sin embargo, al igual que Jacob (cuyo nombre fue cambiado a Israel, que significa “luchar con Dios”), que luchó con Dios mientras regresaba a Canaán (la Tierra Prometida) para enfrentar a su hermano Esaú con respecto a la herencia de su padre, así también el corazón masculino de José luchó con Dios con respecto a la herencia eterna del Padre. Al final, José entregó su voluntad a la voluntad de Dios. San José refugió el Refugio de Dios. San José el Trabajador usó sus manos para construir cuatro paredes, un piso y un techo para proteger la nueva Tierra Prometida: el vientre de María.

San José marcó la lista de verificación que le dio Dios. Eso pensó. Después de “hacer lo correcto” al llevar a María a su casa, Dios le pidió una cosa más. Le pidió que saliera de su casa y viajara a Belén, a la tierra de sus antepasados, para que pudiera ingresar a su familia en el censo. María, su compañera y ayudante, lo acompañó a pesar de que estaba muy avanzada en su embarazo. Fueron a testificar que el Salvador sí entró en el tiempo y vivió entre nosotros en la casa de María y José.

Dios probó la fe, la esperanza y el amor de San José con cada deber del momento. Es cierto que no había lugar para la Sagrada Familia en Belén, pero había lugar para Belén en la cueva, donde José y María presenciaron el nacimiento del Salvador y su adoración por parte de pobres y ricos por igual. Es San José quien se preocupa diligentemente por los dones otorgados a Cristo por los tres reyes: oro (virtud), incienso (oración) y mirra (sacrificio). San José continuó confiando en la guía divina. Hay mucho que contemplar sobre el exilio y el desplazamiento de la Sagrada Familia. Con la guía y protección de San José, la Sagrada Familia hizo su propio éxodo de la Tierra Prometida de regreso a Egipto y de regreso a la tierra de Abraham, Isaac y Jacob con el Salvador del mundo.

Destaquemos los principios rectores que San José ofrece a hombres y mujeres de todas las edades y, específicamente, resaltemos las cualidades del genio masculino.

  1. Empatía: San José enseña a hombres y mujeres a sentir empatía, a escuchar no solo su mente sino también su corazón, a ver cómo sus decisiones, aunque “justas”, impactan la vida de los seres humanos. San José fue un hombre justo, pero igualmente, fue un hombre misericordioso.
  2. Responsabilidad: San José enseña a hombres y mujeres a no tener miedo a la responsabilidad. También nos enseña a confiar en que Dios verdaderamente provee para la familia. El Arcángel Gabriel confió a San José todas las responsabilidades de un padre terrenal con respecto al hijo de María. La Biblia atestigua su buena disposición. Cuando despertó, hizo lo que el ángel le ordenó y tomó a María como esposa. Al hacerlo, San José empoderó a María como mujer al no avergonzarla y al no despedirla. Le dio a su esposa y a su hijo un hogar y, al hacerlo, le ofreció la custodia como padre y esposo. Con San José a su lado, María pudo expresar plenamente su genio femenino como esposa y como madre en un hogar estable y amoroso.
  3. Paternidad: San José enseña a los hombres a ser buenos padres al igual que María enseña a las mujeres a ser buenas madres. La Biblia nos dice que San José cumplió con todos sus deberes para con su hijo. Le dio a Jesús un nombre legal y lo reclamó como su hijo, presentó a Jesús en el Templo para cumplir con su deber religioso, le enseñó la Ley a Jesús y le enseñó cómo cumplir con sus propios deberes religiosos para con Dios cuando era joven, crió un chico fuerte, sano, sabio y obediente. El ejemplo de la paternidad de San José invita a los hombres, ya sea en la vida familiar, profesional o religiosa a, en cierto sentido, “fomentar” espiritualmente a hombres y mujeres. Por ejemplo, los hombres están llamados a adoptar o apoyar económicamente a las familias que sufren; los hombres están llamados a enseñar a otros su “oficio”; y también están llamados a ser padres espirituales. “Las palabras que María dirigió a Jesús de doce años en el templo cobran todo su significado: ‘Tu padre y yo… te estábamos buscando’. Esta no es una frase convencional: las palabras de María a Jesús muestran la realidad completa de la Encarnación presente en el misterio de la Familia de Nazaret. Desde el principio, José aceptó con la “obediencia de la fe” su paternidad humana sobre Jesús. Y así, siguiendo la luz del Espíritu Santo que se entrega a los hombres por la fe, ciertamente llegó a descubrir cada vez más plenamente el don indescriptible que fue su paternidad humana” (RC 21). Al ser buenos padres, los hombres fortalecen la familia, ayudan a organizar la sociedad según el orden divino e inspiran a las mujeres por igual a expresar su propio genio femenino.
  4. Compañerismo: San José enseña a los hombres a ser buenos esposos o compañeros. Junto con María, José es el guardián de Jesús. San José estaba al lado de María. Él era su roca. Con María, fue testigo del nacimiento del Salvador y acogió la adoración de los pastores y de los magos. Además, empoderó a María en su maternidad protegiendo a su familia y ofreciéndoles estabilidad y seguridad incluso en el exilio. San José enseña a los hombres a caminar con hombres y mujeres para animarlos en su vocación y en su fe.
  5. Coraje: San José enseña a hombres y mujeres a no tener miedo de transformar el deseo de su corazón por el amor conyugal en amor sobrenatural. Para San José “… el amor resultó ser más grande de lo que este hombre justo podría haber esperado dentro de los límites de su corazón humano” (RC 19). Como dice el Papa Juan Pablo II, “la virginidad o el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradice la dignidad del matrimonio sino que la presupone y la confirma. El matrimonio y la virginidad son dos formas de expresar y vivir el único misterio de la Alianza de Dios con su pueblo ” (RC 20).
  6. Integridad: Por último, San José enseña a hombres y mujeres a apoyar a sus familias con un trabajo honesto. Además, nos invita a unir el trabajo humano en el misterio de la Redención. Los hombres están llamados a santificar sus lugares de trabajo y defender y promover la dignidad del trabajador, incluidas las mujeres. En su carta a las mujeres (antes citada), el Santo Padre habla de la importancia de promover los derechos de las mujeres en el lugar de trabajo. Los hombres tienen la responsabilidad promover la justicia y la igualdad en la fuerza de trabajo para ayudar a descubrir el genio femenino, tan necesario en la sociedad.

En resumen, en una sociedad donde hombres y mujeres se lavan las manos de compromiso y responsabilidad, vemos a José arremangarse y responder a la vocación de Dios. Una vez que escuchó el llamado de Dios, José no se inmutó. Según los estándares de la sociedad, José estaba justificado para no tratar con lo que no le correspondía por ley. Pero Dios lo llamó a estándares más altos. Su historia nos enseña cómo el hombre propone y Dios dispone, cómo “el corazón del hombre planea su camino, pero el Señor dirige sus pasos” (Proverbios 16: 9). El propio mandato de José, a través de su obediencia a Dios, recuerda no solo la desobediencia de nuestros primeros padres, sino también la forma en que Adán culpó a Eva y se negó a asumir la responsabilidad de sus propias decisiones. La responsabilidad de José o la respuesta al deber nos hace recordar la respuesta de Caín a Dios con respecto a su hermano Abel: “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?” La disposición de José para dejar de lado sus planes y la disposición a aceptar los planes de Dios nos recuerda el dicho popular: déjalo ir y deja a Dios. Una vez que José lo dejó y dejó a Dios, su corazón estaba listo para viajar a Belén, a Egipto, y de regreso a Nazaret con el Mesías.

San José, ¡ruega por nosotros!

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